viernes, 12 de marzo de 2010

CABRERO.

(Vista de Quesada. Pintura de mi Galería)
(pintura de mi Galería)
CABRERO.

No siempre había sido así. No siempre había tenido ese aspecto desaliñado que ahora mostraba. Antaño trabajaba cuidando las cabras de su padre, vendiendo la leche a domicilio, ordeñando con destreza las enormes ubres que casi rozaban el suelo empedrado de las calles y tropezaban con las patas traseras del caprino. Iba de puerta e puerta y no llevaba medida. Colmaba los jarros que las amas de casa le traían para llevarse sólo un cuartillo, medio o un litro, guardando los reales en su faldiquera.
Cuando Bruno aparecía en el fondo de la calle, al frente de su cornudo ejército, las señoras, vasija en mano, le aguardaban ya en el tranco; el tintineo desordenado y alegre de los cencerros de hojalata, avisaba con antelación suficiente de su presencia. Cencerril concierto gratuito con el que bruno obsequiaba dos veces al día a sus vecinos: de madrugada y antes del anochecer, al regresar para acuartelar su ejército en el aprisco. Las vecinas que no madrugaban porque sus maridos eran funcionarios del Ayuntamiento o tenderos, protestaban por el despertar campanillero de las cabras de Bruno, quejándose muchas veces por estos despertares cencerrosos, pero Bruno proseguía con su diario desfile cabrero con puntualidad militar. Incluso le pidieron que cambiara su itinerario para acabar con sus madrugones; mas como eran mas las que usaban a Bruno como despertador que como ahuyentador de Morfeo, el cabrero se mantuvo firme en su costumbre, alegando en su defensa que las mismas cabras conocían ya el camino y le evitaban usar los gritos, la honda o los perros.
--“Tus cencerros despiertan a las señoras”, le espetó un municipal, “que no tienen que levantarse a esas horas”. A lo que Bruno contestó:--“ También el cura despierta a todo el pueblo con los cencerros de la iglesia, y sólo son unos pocos los que acuden a la misa”.
La verdad es que la gente prefería como concierto mañanero, el de las cabras de Bruno al de las campanas del cura. Y, ante la necesidad de proveerse de leche fresca, puesto que no existían los frigoríficos, prevaleció el cencerro, pues Bruno solía dejar para el ordeño mañanero las ubres que, calculaba, necesitaban sus asiduas compradoras para el desayuno.

Entonces, la leche era leche. No estaba desnatada, pasteurizada, desgrasada, ni envasada. Leche directa: de la teta al cacillo, donde ere hervida dos veces para evitar las fiebres maltas y, hasta su nata, de dos dedos de grosor, era untada en el pan como mantequilla. En las lecherías, le agregaban agua los lecheros mas pícaros. La gente, prefería la leche mora a la leche “bautizada”. Las centrales lecheras, como ahora, le quitaban sus componentes. Lo que Bruno vendía cada mañana y cada atardecer, era nada mas, pero tampoco nada menos, que leche.

Pocos años mas tarde, el cencerreo de las cabras de Bruno silenció sus metálicos tilines, porque lo sustituyó el pregón de una lechera y el rechinar de la única rueda de su carrito, en el que portaba dos enormes cántaros cilíndricos de hojalata, llenos de leche ordeñada unas horas antes. No era lo mismo. Sobre todo para los niños, que se imaginaban entre una manada de toros enanos, hecha a su medida, que incluso podían intentar torear, por la tarde, aprovechando que el cabrero ordeñaba sobre la vasija de alguna vecina.
Bruno, liberado del aspecto mercantil del negocio, pasaba mas tiempo en el monte con sus cabras, cuidando de las preñadas, de los débiles cabritillos, de los traviesos chivos adolescentes que envestían jugueteando, al barbudo cabrón de cuernos retorcidos que luchaba por liberarse del peto de esparto colocado en su vientre para impedirle montar a las hembras cuando no debía. Llevaba a su manada de un lugar a otro, buscando siempre la mejor hierba y el agua mas clara. Y mientras tanto, sentado en alguna piedra o recostado en el rugoso tronco de algún olivo, meditaba largamente en sus cosas. Su padre, idealista revolucionario, le había infundido sus inquietudes políticas y Bruno, mas tranquilo, menos activo, mas filósofo y poeta que su progenitor y que sus hermanos, se dedicaba a pensar y repensar en todas las cosas, como buscando desentrañar el alma oscura de los hombres, en medio del rumiar reposado de sus cabras.
Se casó y enviudó pronto. Fiel a sus principios, colaboró junto con su hermano Antonio con los sindicatos y, sobrevenida la guerra civil, se enroló en las filas rojinegras de la izquierda. No era un guerrero nato, sino un pacifista e introvertido pensador. Por eso, su colaboración, mas que en batallas y refriegas, se ceñía a aportar sus vastos conocimientos de las quebradas, riscos, barrancos, arroyos y cuevas del terreno que había asimilado como cabrero en sus años juveniles.
La revolución que se buscaba en sus círculos aprovechando la guerra, fracasó y se impuso la férrea dictadura militar, del cura y del señorito, con su alma vengativa que produjeron presos y muertos hasta 1955, dieciséis años después de terminada la guerra. Conoció la cárcel, como su hermano Antonio, pero los años entre rejas erosionaron su espíritu acostumbrado a la libertad del campo y los montes, mucho mas que a otros. Cuando salió libre, ya no quiso volver a vivir jamás bajo ningún tipo de rejas, bajo ningunas cadenas. Se hizo el firme propósito de ser libre para siempre. Libre de todo. Libre ante todos. Libre en su conciencia. Expresión de libertad que pocos entendieron.
Y éste es el recuerdo que dejó Bruno entre los viejos de Quesada que llegaron a conocerle y que yo escribo, antes de que los pocos que hoy viven, desvanezcan como neblina su figura en el tiempo de la otra historia: la historia de gente sencilla, en vidas sencillas y en muertes sencillas. La gente decía: “No siempre ha sido así. Se ha vuelto loco. ¡Pobre Bruno!”.
Presiones hubo, de todas clases, de familiares, de amigos, de conocidos, de autoridades, etc., para “recuperar” al Bruno de siempre, al Bruno de antes. Pero por lo que sé de los que me contaron esta historia, no lo consiguieron. Fue libre hasta el final. Libre “como los pajaros”, nunca mejor aplicada esta popular expresión, con las ventajas y los inconvenientes que tiene siempre la libertad pura.

Ya viejo y enfermo, lo internaron a la fuerza en un hospital de Jaén y, lleno de tubos y sondas, huyó de la nueva cárcel sanitaria, para refugiarse en una cabaña, cerca del pueblo, pero no tan cerca como para volver a ser molestado. No quiso inyecciones, ni médicos, ni aparatos, ni medicinas y, desde allí, su cabaña añorada, voló para siempre por los cielos libres, escapándose de la última cárcel, la de su cuerpo, para hacer lo último que los hombres hacen; eso que llaman morir. Pero morir con dignidad.
Cuando encontraron su cuerpo, pasados unos días, como ocurre siempre con los muertos, destacaron sus virtudes, sus anécdotas e incluso su loco talento. También los hubo que se compadecieron porque “había muerto solo, como un perro”, ignorando estos compasivos vecinos que, por muy acompañado que se esté, siempre se muere solo. Por otra parte, no sé qué tiene de malo “morir como un perro”. Los que usan esta expresión, seguramente nunca han visto morir a un perrillo. Es una forma digna de morir. Tan digna como “morir como un rey”, “como un rico” o “como un santo”. Un perro muere sin odio, sin temor, aceptándolo. Un perro muere sin ninguna pretensión. Morirse no es peor ni mejor, que tomarse una taza de café.
Bruno, saliendo de la cárcel franquista, se alistó para siempre en las exiguas filas de aquellos pocos que consiguen vivir y morir en libertad.
Con larga barba y mas largo cabello, con la misma ropa siempre, abandonando su propio aspecto, se libró de todo condicionalismo de la sociedad. Jamás volvió a trabajar. Lo que necesita un estómago para vivir es tan poco, que –como los pajarillos- lo puedes buscar en cualquier parte. Renunció a todo. Sólo pedía, como el malagueño Matías, cigarrillos y cuando le ofrecían tabaco, con destreza sujetaba la petaca en una mano, el papelillo en la otra, liaba, pegaba y encendía, fumando con avidez, devolviendo agradecido la petaca, el mechero y el librillo. No lo pedía mas de una vez. Si no lo obtenía, daba media vuelta y se marchaba a pedirlo a otra parte. Dinero, no quería. No lo necesitaba ni para comprar tabaco, que hasta se lo ofrecían antes de que lo pidiera. Solía sentarse en el tranco de algunas puertas y aguardaba, sin pedir nada. Algunos le daban alguna cosa, un trozo de pan, un plato de sopa, etc., que él apuraba, sin mediar palabra y devolviendo el plato con una peluda sonrisa. Paseaba, deambulando por los viejos caminos de cabras. Si tenía hambre, se acercaba a una higuera, manzano, tomatera, según el tiempo y tomaba lo necesario. Nunca se llevaba “para después”. Entraba y salía de la huerta en cuestión, con los bolsillos vacíos. Jamás tuvo papeles, ni carnet de identidad, cartilla de racionamiento, ni el famoso “papel de pobre”, útil para visitar al médico o los comedores del Auxilio Social, ni nada parecido. Tampoco quiso obtener pensión alguna, ni ayuda de sus hermanos.
Dos hechos agresivos se le conocen y, por cuanto no hay héroe sin defecto, voy a relatarlos tan nebulosos como a mí me llegaron. Al principio, vivió un tiempo con su hermana en una casita que el padre les legó como herencia. La hermana se casó y el matrimonio quiso hacer de él una “persona normal”, discutiendo con él violentamente. Tomó una hoz, con la intención de segar dos cabezas. Ninguna cabeza rodó, pero esto hizo que Bruno abandonara la casa para siempre, mudándose a una de las cabañas donde se refugiaba en sus tiempos de cabrero, viviendo allí hasta su muerte.
La otra ocasión de violencia por parte de Bruno, fue a raíz de una encerrona o entrevista forzada o trampa, en la que el cura quiso convencerle, con su mejor intención, para que volviese a ser el Bruno de siempre. El cura no empleó la misma violencia verbal que su hermana y cuñado, pero a Bruno que tanto había vivido y visto en la guerra y después de ella, le parecieron tan vanos los argumentos clericales, que se fue, dando un portazo. Y al pasar por la Calle Adentro, como creo que la llamaban, viendo un arco con una urna y una virgen en su interior, costumbre ésta de muchos pueblos andaluces, tomó una piedra del suelo y la lanzó contra la pequeña imagen con furia. Ignoro si le dio o no, pero –digo yo- habiendo sido cabrero, no dudaría de su habilidad y puntería.
En una España franquista, donde la blasfemia estaba castigada por Ley, este acto podía costarle muy caro. Sin embargo Bruno, ni huyó ni se escondió. Tampoco fue a la cárcel. Ignoro la razón. Supongo que porque nadie le delató y supusieron que se podría haber originado por una pelota de los chiquillos jugando, o porque, aun sabiéndolo, aquel cura quiso demostrarle a Bruno que todos los curas no eran como los que él conoció en la guerra y en la cárcel. Que también habían curas misericordiosos y compasivos, refrendando así, su precedente charla en la que pretendió hacerle volver al buen camino.
La pregunta que me sigo haciendo, es ¿ qué tuvo que ver, oír, padecer y presenciar en la cárcel, para que le transformara de esta manera?.
En fin, Bruno, profeta viejo, desaliñado melenudo y luengo barbudo, de ásperas manos con uñas negras, envuelto en reales andrajos, fue rey. Rey de sí mismo. A nadie mandó, ni a nadie obedeció. Así de libre fue Bruno.
Esta historia me la contó la madre de mi compañera, cuñada que fue de uno de los hermanos de Bruno que por entonces era una moza que vivía en la Calle Adentro, mujer de izquierdas y devota de la virgen de Tíscar, y la he narrado permitiéndome alguna, digamos, licencia poética.

LOLA, LA LOCA.

Óleo de mi Galería, inspirado en esta historia.
LOLA, LA LOCA.

Me cautivó tanto la historia de Lola, la loca, que no pude resistir la tentación de pintarla en un cuadro. Pero ¿qué momento de la historia pintaría?. Reparé en la costumbre o secuala que le quedó de su trauma, la repetición, con algún significado para ella, de la escena en la que, voluntariamente, montaba su burra, paseando erguida, despacio, con el orgullo de un ecuestre general, por el grupo de casas blancas que formaban la cortijada, con puertas y ventanas cerradas, quizá por la siesta si el paso era por la tarde, o por respeto o vergüenza, si lo era en cualquier otra hora del día. Porque, lo cierto es que la escena, les avivaba los recuerdos de la injusticia que los vecinos habían cometido con ella, punto de partida de donde procedía su supuesta locura.
Mi abuelo conoció en la siega a un vecino de Lola y, recostados bajo los olivos en una calurosa y negra noche de agosto salpicada de estrellas, fue que se la contó.

Lola quedó huérfana a los catorce o quince años. Heredó de su madre la casa y de su padre, la burra y un pequeño huerto, cerca del arroyo, del que la familia obtenía su sustento. Desde que faltó su padre, ella se ocupaba del huerto y de la casa. Era lo que hacía incluso en vida del padre, cuando éste recorría la región con las cuadrillas de segadores, se iba a la vendimia y luego a la recogida de la aceituna, según la época del año. Así que , muerto su padre, en nada cambió la cienicientil vida de Lola. Con los vecinos se llevaba bien, aunque algo retraída, ni daba ni tomaba excesivas confianzas, no traspasando nunca los límites de la buena y pueblerina educación.
En un par de años, la niña se convirtió en una guapa moza y, viéndola tan trabajadora y tan sola, despertó amores en los pocos mozos del lugar. Proposiciones tuvo, incluso matrimoniales, que ella fue rechazando sistemáticamente, provocando el despecho de sus otrora admiradores. Fue objeto de apuestas y de acoso por parte de todos. Hasta los casados hablaban de ella cuando se reunían en el patio del bodeguero alrededor de unos tintos.
En una de estas reuniones, un bocazas mentiroso y lleno de vino, pretendió cobrar la apuesta jurando y perjurando haber conseguido los codiciados favores de la muchacha. Otros bocazas, para no ser menos, pretendían también haberlos obtenido en la bajada de la huerta, donde doblaba el arroyo. La noticia corrió entre los vecinos y sus mujeres. Éstas, celosas, creyéndose la historia y comparando sus ceñudas caras y obesas figuras con la belleza y lozanía de la joven, decidieron como encendidas y aragonesas Agustinas, defender sus matrimonios y la pureza de sus niños y mozos, de aquella retraída y picara solitaria que la Lola había resultado ser.
Fueron en grupo, acompañadas de sus despechados hombres, como si de un linchamiento se tratara y, ante el asombro de la joven, que nada entendía de aquella tumultuosa visita o invasión, la desnudaron de su ropa a tirones, cubriéndola de reproches y vituperios y montándola en su burra, la pasearon por la única calle que existía, arrojándola fuera de la cortijada, entre vocerío, palabrotas y pedradas a la burra que, asustada igual que Lola, emprendió la huída desbocada, lamentando no ser un pura sangre de la estirpe de Pegaso.
Al cabo de tres días, regresó envuelta en un largo y verdoso capote acompañada de dos Civiles que se la habían encontrado inconsciente en un pedregoso camino, mientras la burra, cercana, masticaba unos cardosos espinos. Como la muchacha no respondía las preguntas del bigotudo Guardia, éste la zarandeó, hasta que rompió a llorar y, algo mas tranquila les pudo referir lo acontecido. Envuelta en la capa del tricorniado samaritano que la sostenía en la montura caminando a su lado, mientras que el del bigote tiraba de la soga del cabestro, aparecieron en la cortijada, provocando el temor de las vecinas que contemplaban silenciosas, el resultado de sus celos. Después de acostar a la joven en su casa y recuperar su capote, el bigotudo ordenó a una vieja que cuidara de la joven maltratada. Le dio algunos reales y prometió pagarle lo que demás se gastara, cuando regresara, pasados unos días, de dar parte al cuartelillo de tan salvaje tropelía.
No obstante, esperó, sin hablar mas que con su compañero, que el sol amarillento terminara de esconderse en el olivar de la colina, hora en que los hombres dejaban sus trabajos y regresaban,
haciendo parada en el patio del bodeguero, para tras unos tintos, encerrarse en sus casas hasta que el sol despuntara de nuevo, por el lado opuesto al que se había ido.
Cuando todos estuvieron reunidos, los Civiles reprocharon duramente aquella acción, calificándola de criminal y metiéndoles a todos el miedo en el cuerpo. Sólo la amistad que les unía a ellos evitaría que en el parte que tenían que dar, constaran los hechos previos al encuentro de la muchacha, pero a condición de que la cuidaran hasta su total restablecimiento y que, en adelante, nadie se atreviera a tocarle ni un pelo. Cualquier cosa que le ocurriera a Lola, aunque fuese un accidente, la pagarían ellos y muy caro. La joven no presentó denuncia y por ello le tenían que estar agradecidos. Si no iban así las cosas, habrían de vérselas con ellos y, en especial con el del bigote, bonachón y servicial, como todos sabían, pero que tenía fama de muy mala leche cuando la sangre se le subía a los picos del tricornio.
Después se supo que Lola era tan decente como la que mas. Los bocazas fueron descubiertos y los vecinos les retiraron la palabra, considerándoles los verdaderos culpables de lo acaecido. Siendo dados de lado y hallando sólo espaldas, optaron por marcharse de la cortijada para no volver jamás.
Pero allí quedaba Lola. Lola la loca. Mas guapa, mas hacendosa y trabajadora que nunca, porque a pesar de si constante retraimiento y voluntaria soledad, ahora era vista con misericordia y lastimera simpatía por los vecinos del lugar. Su vida transcurría monótoma, como la de todos, sumida en la tranquila rutia de la cotidianidad. Nadie podía decir que estaba loca y tal vez no lo estaba, a pesar de que, esporádicamente, a cualquier hora del día o de la noche, se montaba desnuda en su burra y, recorriendo la calle despacio, erguida, con la mirada fija en los lejanos montes, abandonaba el lugar.
Cuando esto ocurría, todos cerraban sus puertas y ventanas. Nadie miraba a la joven, humilde amazona hermosa que, como la procesión lenta de la Virgen, sólo despertaba llantos, rezos y remordimientos de los que ya no querían mirar. Iba como dormida sin cerrar los ojos. Como escultura inmóvil sin, ni siquiera respirar. Nadie interrumpía aquella liturgia y las mas viejas, tomaban las ropas de Lola en su casa y la seguían en sepulcral silencio, como penitentes de una Virgen, hasta las afueras del mini-pueblo, hasta que, unas leguas mas allá, entre pencas u olivares, Lola se despertaba y rompía a llorar. Entonces se acercaban las viejas, la consolaban, la vestían y la acompañaban de nuevo a su casa, acostándola, haciéndole tomar algún caldo caliente o un cazo de leche recién ordeñada, retirándose luego con sus familias, cuando la joven se quedaba sosegada, dormida, para volver a reanudar la faena de la casa, cuando el gallo la despertara en el próximo madrugar.



LIMOSNAS PARA SAN ANTONIO.


Eso decía el letrero que, a modo de urna con rajita incluida, estaba fijado a la pared, justo debajo de la estatua del fraile italiano de Padua que sostenía otra, de un niño semi desnudo en uno de sus brazos y, en el otro, una varita de la flor de Nardo. La ranura horizontal de la caja, daba a ésta el aspecto de una permanente sonrisa, como si el “cepillo” se estuviera siempre riendo.
La joven Lupe, moza casadera por sus años, pero menos por su nada agraciado rostro, pasaba por ser una de las mas devotas de este San Antonio celestino.
-Claro. Como es tan fea la pobre, necesita rezarle mucho para encontrar novio. Decían las vecinas y, parece que con razón, porque el pobre San Antonio, lo tenía muy difícil en el caso de Lupe. Pero, a fin de cuentas, ése era su trabajo y la moza, reverentemente insistía casi a diario.
Lo que no sabían las vecinas, ni nadie en el pueblo, era que Lupe no buscaba novio. Sabiéndose fea, se había resignado a ser solterona. Ella, con su padre enfermo, iba al santo por sus propios motivos.
Aguardaba, arrodillada ante el santo fraile, a que la iglesia se quedara vacía y en esos momentos, con perfecto disimulo, introducía por la ranura de la hucha, unas largas pinzas de alambre y, trasteando y removiendo el fondo, lograba atrapar con firmeza y precisión alguna moneda que, despacio, sacaba del cepillo. Había adquirido tanta experiencia, que podía hacerlo con una sola mano, mirando de perfil, es decir: un ojo a la iglesia y otro al santo, sin dejar de mover los labios como rezando, ni descomponer su postura reverente. Si entraba alguien en la iglesia, sin inmutarse, sacaba de la hucha el artilugio, introduciéndoselo en la manga, dando la impresión visual de estar echando, mas que tomando, una limosna. Era muy difícil sorprender tanta pericia que aumentaba la casi diaria experiencia.
Así fue como San Antonio se convirtió para Lupe en su mas querido bienhechor, ya que el fraile ayudaba al mísero sueldo de su padre para mantener la casa, sobre todo, en los largos meses de para agrícola. Durante años, San Antonio contribuyó al sostenimiento de aquella familia, ya que la prudente Lupe, nunca abusó de su habilidad, incluso desistía si notaba con su alámbrico artilugio, escasez de monedas en la caja del santo. Esta moderación hizo imposible que ni el cura ni el sacristán llegaran a sospechar sobre el asunto. Siempre, cada mes, recogían del cepillo cantidades similares. Y tampoco recurrió Lupe a otros santos. Le era fiel a su, nunca mejor dicho, protector.
Por otra parte, San Antonio nunca protestó porque Lupita le sisara. Una de dos: o comprendía las razones de la moza o porque, siendo de escayola, no se enteraba, ya que ni comía ni bebía, ni tampoco, viviendo en la iglesia, tenía necesidad de alquilar ninguna casa. Pero a pesar del silencio o, tal vez complicidad, del santo, Lupita fue descubierta y el cura la denunció, constando como testigo su fiel sacristán.
Según mi abuelo, Lupe fue acusada de profanación y robo en el juzgado de la capital, donde la habían llevado los Guardias de Asalto en aquellos primeros meses de República. Mi abuelo la acompañó a ver al juez, porque su padre estaba enfermo del disgusto. En el enorme despacho del juez estaban también el cura y el sacristán. No era la Sala de Vistas. Era como una toma de declaraciones, vista previa u algo parecido, porque todos estaban sentados alrededor del juez con un escribiente que tomaba nota de cuanto se decía. Tras los testimonios de cura y sacristán y nerviosismo de Lupe, que confesó su culpa y explicó la necesidad económica del por qué lo hizo, mi abuelo intervino, sin que nadie le preguntara ni tampoco callara, diciéndole al cura:--¿Alguna vez dio Lupe algún escándalo o se comportó inadecuadamente en la iglesia?,¿No se comportaba correctamente, rezando en silencio, llevando su velo o sus mangas en verano, etc.?
Cura y sacristán reconocieron que externamente el comportamiento de Lupe en la iglesia no difería del de las demás beatas en la casa de Dios. El juez estimó, por tanto, que no había habido “profanación”.
En cuanto a la segunda acusación, la muchacha había reconocido que, para ayudar a sus padres, algunas veces había sacado monedas del cepillo de San Antonio. Cura y sacristán insistieron, por lo que mi abuelo dijo, mas o menos esto:
-“Señoría: nadie niega que Lupe tomó monedas de una caja empotrada en la pared de la iglesia que, curiosamente, dice textualmente: LIMOSNAS PARA SAN ANTONIO. Dice eso exactamente: “Limosnas para San Antonio”. El dinero allí depositado es pues, propiedad de San Antonio, no del cura ni del sacristán. El damnificado ha sido San Antonio. Es, pues, San Antonio el que debe poner la denuncia. Y el santo no ha firmado denuncia alguna. No se ha dado por robado. Tal vez prestó ese dinero a Lupe. Tal vez se lo regaló. ¿Quién lo sabe?”.
El juez, hombre muy liberal, entendió muy bien el problema y, después de examinar el caso, sentenció: -“Debido a que el afectado en la causa......no ha presentado denuncia alguna de por sí, ni delegando en otros “poder” para presentarla, queda emplazado en este Tribunal en el plazo de ....días, para contestar a las preguntas del litigio...si fue robado o no...si prestó o donó su dinero a la encausada....Mientras tanto, la acusada queda libre...y si en dicho plazo, el afectado no presenta denuncia alguna,...la acusada quedará definitivamente absuelta de los cargos que se le imputan”.
San Antonio continuó en su altar de siempre, con su niño en brazos y su varita de nardo. No presentó ninguna denuncia, ni delegó a otro, poder para hacerlo en su nombre. Eso sí. El cura hizo cambiar el letrero de su cepillo por otro que decía: “Limosnas para la Iglesia, ofrecidas a través de San Antonio”.



EL TONTO.

(Dibujo ilustrador, tomado de mi poesía "Tragamocos", inspirada en esta tierna historia)
EL TONTO.


Corrían los chiquillos tras otro chiquillo de cuarenta años que, seguido de tal tropa de enanos, se sentía –por lo menos- capitán.
Dándose palmadas en el trasero y trotando, algunos con los pies descalzos, sujetaban las riendas invisibles de sus fantasiosos corceles blancos.
Cuando el capitán, mano en alto paraba, todos frenaban sus monturas, deteniéndose como el capitán. Reanudar la marcha o sentarse en el borde de la acera, dependían de lo cansados que pudieran estar. Si paraban, daba comienzo el parlamento en el que, discutían sus próximos actos.
--¡Veamos quien llega mas lejos!. Dijo uno. --¡Vale!, respondieron los demás.
Todos de pie, perfectamente alineados y subidos en el borde de la acera, desabrochándose las braguetas los de pantalón largo y sacándosela por el pernil los de pantalón corto, apuntaban al centro de la calle dirigiendo sus chorros al frente y elevando el ángulo de sus baterías, los que se imaginaban soldados; o de sus mangueras, los que por bomberos se tenían. Estaba claro que esta competición urinaria, la ganaba quien llegara mas lejos y ponían tal empeño en que el suyo, fuera el chorro mas largo, que a mas de uno, por el esfuerzo puesto en la tarea, se le escapaba un ruido apestoso por la retaguardia, provocando las risas de los artilleros, que consideraban las ventosidades, fuera de concurso.
--¡Ha ganado Pepín, ha ganado Pepín!.
--¡No. He ganado yo!.
Y ante la discrepancia de criterios, todos bajaban de la acera para comprobar el mojado del asfalto. En esta verificación estaban, cuando hubieron de salir corriendo, olvidándose de sus caballos, tras oír los gritos de “¡Sinvergüenzas!, ¡ marranos!, que unas viejas beatas proferían contra ellos, saliendo de Misa.
Las madres siempre regañaban a los chicos por estas travesuras, pero la que peor lo llevaba, era la madre del capitán, que no aceptaba que su hijo fuera, simplemente, el niño mas alto.
La gente tenía lástima de ella. –Pobrecilla, tan mayor y con ese hijo tan tonto.
Ella, aunque sufría, en el fondo de su alma estaba contenta. A las demás madres, la niñez de sus hijos se les iría pronto; en cambio, ella había disfrutado ya de una niñez larga, que duraba ya cuarenta años y, que aun se prolongaría muchos mas. Siempre tendría de qué reír, de qué regañar, de qué llorar y de qué consolar a su corpulento niño cuarentón.
Entre los indios pieles rojas, los tontos y locos eran muy queridos y bien cuidados, porque los consideraban protegidos de los dioses. Pensaban que traían a la tribu suerte y bendición.
En el pueblo, no es que hubiera tal creencia, pero todo el mundo apreciaba al niño grande, le saludaban, se reían con él, mas que de él. Le trataban como lo que era: un niño. Le mandaban recados, le premiaban con golosinas, bromeaban con él y hasta le regañaban.
No iba a la escuela, ni tampoco a Misa. No lo necesitaba. Después de todo, el mayor sabio es el que no sabe nada y el mayor santo es el que ni siquiera sabe creer.
Le regalaron, cierta vez, un grueso lápiz amarillo de los que usan los albañiles y carpinteros. Se puso muy contento el capitán de la chiquillería que, para celebrarlo, comenzó a pintarrajear las blancas paredes, dando rienda suelta a sus dotes pictóricas, al igual que vio hacer tantas veces a los demás niños que, pícaros ellos, solían dibujar culos, monigotes y pichas, con el fin de divertirse, viendo escandalizadas las caras de las beatas. La tapia de la escuela, era todo un museo de tan infantil arte.
El lápiz del capitán se entretuvo en plasmar con trazos simples la figura de un monigote con sombrero de picador de toros y largas faldas, llevando en una mano una cruz. Estaba claro que el muñeco era el cura. No hubiera tenido mas consecuencias esta expresión artística, si no le hubiera añadido unos trazos rectos y desproporcionados figurando una pilila grande, junto a otro monigote representando una mujer o niña.
Esta vez el tonto se había pasado de listo. Las beatas formaron corro, averiguaron la autoría del improvisado dibujante, se quejaron a su anciana madre que tuvo que darle otra regañina mas, y prometer a la dueña de la fachada usada como lienzo, su ayuda para volver a encalarla.
También hubo vecinos que felicitaron al Picasso e incluso le incitaron, para que repitiese el dibujo en otras fachadas del pueblo, a cambio de algunas golosinas.
Lo cierto es que, meses mas tarde, trasladaron al párroco , dijeron que a Bilbao, acusado de embarazar a una joven beata. En un corro de vecinos que comentaban el hecho, se hallaban también el capitán, cogido de la mano de su madre. Y escuchando lo que allí se decía, con risa socarrona dijo, o mas bien tartamudeó:
--¡Ya, ya, ya lo sabía yo!. Dicho lo cual, se soltó de la mano maternal y se retiró del corro vecinal, galopando en su brioso corcel blanco que le había regalado su maravillosa y nada tonta, fantasía.



EL ASILO, NO.

El ASILO, NO.


Hace mucho tiempo se llamaban “asilos”. Hoy, la nueva semántica empeñada en lavar las cosas con palabras y nuevas definiciones, se llaman “residencias de ancianos” o, mas suave aun, “de la tercera edad”. Pero siguen siendo meros aparcamientos de viejos, retirados de la circulación por inservibles, porque ya no producen, porque no hay sitio para ellos, porque con sus manías, achaques e incluso enfermedades, se hacen insufribles y, porque ya no son estéticos, recordándonos con sus arrugados y desdentados rostros, con sus torpes y encorvados cuerpos, la degradación futura que a todos nos aguarda, que es peor que la misma muerte.
En las sociedades antiguas, primarias, atrasadas, etc., esto no era así. No es así tampoco en sociedades menos industrializadas, modernas y cultas que la nuestra.
Los asilos no existían. No existen. En una casa convivían tres y hasta cuatro generaciones. Los abuelos morían en casa. Hoy no pueden ni siquiera estar, porque su cuarto lo necesita el niño o la niña, porque escupe o quema la alfombra con su manía de fumar, porque está siempre malucho y la hija, ni la nuera, ni menos aun la nieta, tienen estómago para cuidarle. Y si, además no le queda sino una mísera pensión, o tal vez ninguna, ni tampoco bienes que legar en testamento, entonces aun es peor. Estará muy bien en la Residencia. Conocerá gente de su edad. Estarán bien atendidos. Iremos a verlo. Vendrá en puentes, festivos y vacaciones a casa. Preferimos pagar a otros para que hagan lo que debería ser labor nuestra. Es mas cómodo. La solución final, es la hermosa y bien ponderada Residencia.
En la Escuela oí una historia. Decía así:

--Niño, sube al dormitorio y trae la manta nueva para el abuelo, para que no pase frío allí en la Residencia.
El abuelo estaba con su maleta hecha, mientras su hijo, el que había mandado al niño por la manta gruesa, acomodaba los bultos en el maletero del coche y ayudaba, dulcemente, al abuelo a sentarse en el asiento trasero, agachándole suavemente la blanca cabeza, para evitarle algún posible golpe.
Al rato, regresa el niño con la manta y se la entrega, triste, a su padre. Este, al cogerla, nota que pesa poco y, creyendo que el niño se había equivocado de manta, recriminó al muchacho:--Te he dicho que trajeras la manta nueva, no este trozo de manta.
El niño respondió a su padre:--Ésa es la manta nueva. La he partido por la mitad. Esa mitad para el abuelo y la mitad que falta, la he guardado para ti, para cuando seas viejo
y yo te lleve al Asilo.

No importa si la historia tuvo o no un final feliz. Pero a mí me hizo reflexionar en lo que hacemos con los viejos. Lo mas triste es que nos hemos hecho a la idea y sabemos que el niño de la historia tenía razón. Sabemos que, salvo que consigamos reunir bastante dinero, nuestros hijos nos convencerán, por nuestro propio bien, de que estaremos mejor en una Residencia para viejos. Nosotros nos dejaremos convencer, como se dejaron tantos. Todos los que hoy pasean pos sus patios y jardines, se sientan al sol, rememorando las viejas historias del pasado remoto que a nadie interesan, como si las hubiésemos vivido ayer. O tal vez, esperemos, frustrados, la visita del hijo, que le fue imposible venir por exceso de trabajo.
Es preferible la costumbre de algunas tribus indias, donde los viejos eran queridos y respetados. Vivían con la tribu hasta el final. Mientras tuvieran hijos o nietos que cazaran para ellos y alimentarlos. Mas, si algún viejo no los tenía, o los había perdido en batallas, se retiraba a la montaña o al bosque, a esperar a la muerte que –pronto- llegaba.
Tal vez a la espera de que el cambio en esta inhumana sociedad se produzca, si es que esto ocurre sin tener que renacer, tras su destrucción, de sus cenizas cual Ave Fénix, no quede otro remedio que la resignación. Pero, a pesar de todo, hay quienes no se resignan. El Sr. Miguel fue uno de ellos.

Tenía mas de ochenta. Bajito, regordete. Boina pequeña, tanto que, cuando se la echaba hacia atrás, parecía un Cardenal de los que usaban purpurados casquetes que llaman “soli Deo”, no sé por qué, porque ni siquiera ante Dios se los quitan. Se reía cuando con ellos comparábamos a su humilde y mínima boina. Creía haber descubierto el truco de los purpurados para que no se les cayese el diminuto cubre coronillas: --Usan pegamento. Y se colocaba la boina a la manera cardenalicia.
Miguel era soltero. Vivía con un hermano de leche, el “lamparilla”, y su mujer. Mayores, también ellos, pero mas jóvenes que él. Lo de “hermano de leche” me lo explicó así: --Es que mi madre nos crió a los dos, porque la suya no tenía leche buena para poder amamantarle.
Me caía bien Miguel. ¡Cuantas cosas me contó, desahogándose o por simples ganas de hablar, apoyado o mas bien recolgado sobre la barra del bar de José, a la que casi no alcanzaba!.
Habíamos quedado en intercambiarnos las boinas. Le gustaba la mía por ser de vuelo ancho y tener intacto el pichurrín, como llamaba al rabillo que, entre bromas, le caparon en la taberna. Pero estaba seguro que su pequeña boina no serviría para mi mayor cabeza, pensé en regalarle una.
No pude hacerlo porque me dejaron frío con la noticia: --¿Sabes que Miguel se ha ahorcado y que ayer domingo, lo enterramos?.
Nadie supo por qué. Yo tampoco, pero tengo el presentimiento que casi lo intuí. Miguel no soportaría el Asilo, ningún Asilo no Residencia. Sus madrugones, sus largas caminatas, sus rondas de vino barato, su pueblo, sus calles, sus amigos, sus vecinos. Él no se convertiría en un número, en un desconocido, en un anónimo ignorado por la gente y el personal de un Asilo. Allí, en su casa de siempre, todo el mundo sabía quién era y hasta los chuchos callejeros le saludaban con sus ladridos y rabos agitados, acercándole sus hocicos.

Pasearía según su mañanera costumbre, por en medio del olivar descuidado, asilvestrado, en las afueras del pueblo de Fuenlabrada, pintando de verde agrisado los alrededores del Cementerio. Quizá quiso ahorrar trabajo a los que encontraran su cuerpo, pero allí, cerca de los muertos, decidió atar la soga a una rugosa rama, calculando las medidas para que el salto fuese eficaz y rápida su muerte. Dio el salto sin retorno que le suspendería entre la tierra y el cielo para siempre.
Después, nunca mas le vimos. ¿Quién sabe?. Tan bajito como Zaqueo, el que se subió a un sicómoro, otro árbol, para poder ver a Jesús, Miguel se subiera a un olivo con el mismo propósito.
Miguel era su nombre. Como el del arcángel que defiende a los judíos y a los cosacos de las estepas. Quizá también defendió al viejo, saludable y libre Miguel, del futuro que intuía.
Antes de irse, pagó los vinos que al tabernero debía.

DOÑA CONCHA Y "LA PEANA".

Bandera de Falange, partido único durante la Dictadura, calcado del Fascio italiano.


Brujilla "La Peana". (Dibujo de mi Galería)




DOÑA CONCHA Y LA PEANA.



Doña Concha llevaba varios días tensa, demacrada, de mal humor. Era evidente que estaba preocupada. Todo el mundo en el cortijo, se daba cuenta. Desde la cocinera al capataz. El único que parecía estar en babia era su marido.
Estaba decidida. No podía tolerar que su hija menor, Luisita, echara a perder su vida y trajera el escándalo a su respetable familia.
Simulando un viaje a la capital, acudió aquel mismo día, acompañada de Luisita, a la cueva de la Peana, unas leguas río arriba, donde esta especie de bruja o santa, convivía con un hijo sordomudo.

Habían intentado echarla, pero nunca hasta ahora, lo habían conseguido. Siempre intercedía por ella alguien influyente que paraba el desahucio, basándose en la misericordia y en la compasión, virtudes cristianas que no mostraban hacia ella cuando, de tarde en tarde, bajaba al pueblo para hacer alguna compra o gestión.
La Peana conocía su oficio. ¡Cuantas encopetadas señoras habían pasado por su cueva!¡Cuantos secretos de familia conocía!. Sólo el cura del pueblo la aventajaba en esto, por eso de la confesión de las beatas. Preparó abundancia de agua caliente, trapos blancos, toallas, infusiones de hierbas que cocía en el puchero de barro y, con una larga aguja de hacer puntos, exploraba despacio, con mano sensible y experta, la vagina de Luisita que, permanecía semiatada y patiabierta encima de la mesa. Algunos gritos, sollozos, bastante sangre y, todo terminó bien, según dijo la Peana. Doña Concha, estuvo nerviosísima, cosas terribles pasaron por su imaginación, pero ya todo pasó.
Su corazón de madre sufría, pero su respetabilidad y posición social, el honor de la familia, etc, quedaban a salvo.
Para estos menesteres, siempre se acudía a la Peana. Ella sacaba del paso a señoronas, a chicas solteras y a las esposas de braceros, cuando les fallaban los saltos que, a postas daban, desde la mesa al suelo, o los lavados vaginales con pócimas y remedios caseros. La Peana, bruja para unos, santa para otros, era como las prostitutas: alabada en privado, pero ignorada en público.
Casi dos semanas transcurrieron hasta que Doña Concha y Luisita, regresaron al cortijo, de su viaje a la capital. Nadie sospechó su coartada y parece que su marido, permanecía en babia o lo fingía. Lo cierto es que Luisita, se repuso de sus fingidas calenturas y pudo tapar su desliz, con la ayuda inestimable de su madre y la Peana.
El motivo por el que mi abuelo me contó esta historia que, por otro lado, ignoró cómo llegó a saberla, fue una discusión que unos vecinos mantuvieron sobre el aborto, estando yo presente.

Uno, de la vieja guardia de Franco, ultra católico, mantenía muy dogmático y seguro: -El aborto es un crimen de lesa majestad, (mi abuelo sabía que, quien esto decía, era familiar de Doña Concha y había dirigido un pelotón de fusilamiento contra sospechosos de republicanismo), un crimen con todos los agravantes habidos y por haber, puesto que se quita la vida a un ser indefenso. Es también un acto de traición contra la Patria, que necesita hombres y mujeres para trabajar y hacerla grande. Es un pecado contra Dios, que ha dicho “no matarás”.
Otro vecino, mas flexible, postulaba que a este aserto general, podrían aplicársele algunas excepciones. Dijo: -A pesar del no matarás, que dijo Dios, la Iglesia, durante la guerra y años después, enseñaba este mismo mandamiento divino, diciendo: el quinto: “matarás con justicia”. El mismo Papa afirma que hay “guerras justas” y el Código Penal habla de “defensa propia”. Y en la aplicación de la “pena de muerte”, siempre asiste un cura, con sus rezos, en cada ejecución. El aborto, podría tener también algunas excepciones.
El romanísimo, contestó: -El aborto, no puede ser nunca permitido, sino condenado sin ninguna excepción.
Mi abuelo, callaba, -pero para sí mismo-, reflexionó: Curioso. Los mas acérrimos defensores de “la vida”, suelen justificar las guerras, diciendo que las hay “justas”, y la pena de muerte decidida por los tribunales o por sí mismos en el caso de defensa propia. No matarás, significa siempre no matarás; en ningún caso y bajo ninguna causa, el hombre puede matar ni a niños, ni a adultos. Decidió mojarse, y espetó a los dos, insistiendo que contestaba a ambas posiciones:
-Igualmente es un criminal, quién mata, contra lo ordenado por Dios, que –sin excepción alguna- ordena: No matarás, como quien aborta, porque mata un “niño indefenso”. Tambien lo es el general que ordena un bombardeo y el soldado que, obedeciendo, pulsa el botón; porque, como resultado, muchos “inocentes e indefensos” morirán. Incluso el que mata en defensa propia, es también criminal, porque lo que Jesús mandó es poner la otra mejilla. No hay excepción para matar a nadie. El asunto es simple. Los que admiten unas muertes y rechazan otras, sean las que fueren y con los argumentos que quieran, son inconsecuentes con el mandamiento tácito de Dios no matarás. La vida ha de defenderse con igual energía y convicción. Todas las vidas son preciosas para Dios. Quien diga defender la vida, por fuerza y lógica consecuencia ha de convertirse en un militante “pacifista”, porque de lo contrario, lo que es, es un perfecto hipócrita y mentiroso. De los pacifistas, expresión moderna de los defensores de la vida, se dice que son “bienaventurados, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. Las Iglesias y sus cristianitos, deben ser consecuentes o meterse la lengua en el culo. Es su deber defender el derecho a la vida de todos, y no dejarse arrastrar en campañas políticas de desgaste a Gobiernos. No matarás, es no matarás. Nunca, en ningún caso.
Después de la parrafada de mi abuelo, el grupito de vecinos se enzarzó en los consabidos tópicos de siempre, porque es utópico que el Estado, a no ser que sea rico, pueda mantener los deseables gastos de un gabinete nacional de sicólogos para mujeres violadas, una red operativa de adopciones, otra para atender las malformaciones y sus consecuencias o seguimientos y ayudas posteriores, potenciación de orfanatos, formación moral de la juventud, etc., cuando otras necesidades perentorias como el paro indefinido, salario social universal, residencias de ancianos, viviendas, etc, no están cubiertas.
Cuando regresamos a casa, mi abuelo me contó la historia de Doña Concha, y añadió: -Esta señora, ya no vive en el cortijo. Luisita es toda una mujer, felizmente casada y con dos niños preciosos. Viven en la capital, de las rentas del cortijo. Son gente muy metida en las cosas de Iglesia. Pertenecen a la Acción Católica, la Legión de María y colaboran con la sección femenina de Falange, en un centro del Auxilio Social.
Dándome por enterado, pregunté a mi abuelo por el argumento mayor que el camisa vieja esgrimía contra el aborto, que España necesitaba gente para que, trabajando, la hicieran grande. Respondió el viejo:
-Es natural que siendo falangista, piense así. Ninguna mujer debería abortar. Algún día será posible acceder a los anticonceptivos, las madres solteras no estarán estigmatizadas, como lo están ahora y teniendo derecho al trabajo, serán tan independientes como el hombre. El aborto, que para una mujer, es una decisión terrible, será –entonces- casi inexistente. Hoy, reconozco que mi abuelo era de los que veían la botella medio llena.
-Además, tiene un hermano cura.Prosiguió: Y, si necesitan gente para que, con su trabajo, engrandezcan España, ¿por qué mataron a tantos, no ya en la guerra, sino hasta mucho tiempo después de que ésta terminó?. Cuando Dios dijo aquello de “creced y multiplicaos” y “henchid la tierra”, ésta estaba casi vacía. La actividad fundamental era la agricultura y, cuanto mayor fuera el número de hijos, mas brazos había para cultivarla. Hoy, las máquinas roban el trabajo a los hombres, después de habérseles quitado también las tierras. Cuanto mas hijos, mas bocas que alimentar, mas miseria familiar para el simple trabajador u obrero. Pero a las derechas, siempre les ha interesado tener mano de obra barata, y para ello, es preciso que la clase trabajadora se multiplique. Necesitan carne de burros y los militares, necesitan tener carne de cañón. Cierto es que si la demografía no se acerca a la sustitución o relevo de la gente vieja por la nueva, se puede estar al borde del suicidio nacional o mundial. Pero también es cierto que este relevo generacional debe producirse con mesura; sólo cuando los brazos disponibles para el trabajo escasean, o vienen justos, es cuando el trabajo llega a valorarse realmente. De hecho, creo que la acción que mas beneficiaría a la clase trabajadora, mas que cualquier revolución, sería que ella ejerciera un autocontrol de su descendencia. Que entendiera, de una vez por todas, que sólo los ricos, pueden permitirse el lujo de tener muchos hijos. Los trabajadores, no hemos de proporcionar a esta sociedad capitalista carne de burro, ni carne de cañón. De lo contrario, no podrá pretender la dignificación del trabajo, porque mientras mas brazos busquen faena, se pagará menos por ella y se realizará en peores condiciones.
No puede imaginarse el cambio que se produciría en el mundo si, de repente, los trabajadores decidieran no tener mas hijos. De hecho, hacia eso vamos: crecimiento demográfico, cero.
No era cuestión de discutir las ideas de mi abuelo. Simplemente entendí que si el viejo tenía razón, la mejor manera de conseguir mano de obra barata era recurrir a razones religiosas, por lo que los métodos de contracepción, tendrían que ser calificados como “pecado” por las iglesias en connivencia con las derechas. Pero la tierra está ya “henchida”, llena, y también nos hemos multiplicado y crecido bastante sobre ella.
-¿No sería esto un suicidio colectivo de la clase trabajadora?. Me respondió:
-No. Como no es suicidio una huelga de hambre, si se consigue algo con ella. Una huelga de natalidad, no sería tampoco un suicidio de la clase obrera, si se consiguiera que los zánganos de este mundo, apreciaran el gran valor de unas manos callosas.
Ahora sí que me callé y me fui a dormir al catre. Pero el sueño no acudía. Estaba agradecido a mi abuelo, porque nunca me trató acorde con mis pocos años. Siempre hablaba delante de mí. Nunca dijo aquello que solían decir los adultos –a modo de contraseña- para cambiar de conversación, cuando el tema no se debía tratar delante de los niños: “Cuidado, que hay ropa tendida”. Mi abuelo, mantuvo siempre el tendedero vacío para mí. Por ello, me di cuenta que el camisa vieja que, tan duramente calificaba de asesinos a quienes abortaban, recurría a practicarlo si se trataba de proteger la honra de la familia y, justificaba las muertes de personas inocentes, si se producían en una guerra o en defensa propia. También me convencí, de que el interés por el aumento de la natalidad, apoyado por la Iglesia y por los patriotas cinciflecheros, no era por defender la vida, sino por defender sus intereses: obtener mano de obra en abundancia y, por tanto, barata. Nada es lo que parece. Y Morfeo, poco a poco, me fue venciendo y....me dormí, mientras en mi parpadeo, captaba la aceitosa claridad del cándil que ayudaba a leer a mi viejo.

Referente a este último tema de la natalidad o procreación, muchos años después y, sin duda, acordándome de esta historia de mi abuelo, escribí una poesía, cuyo manuscrito transcribo, olvidándome de la ortografía, para pronunciarla tal como hablaba mi abuelo y la gente del pueblo:

REMEDIO ANTIGRIPAL.

(Dibujo de mi Galería)
REMEDIO ANTIGRIPAL.


No vino el Tuerto, ni Pascual, ni el Cuatro Deos. Tuvieron que olvidarse de la partida de mus aquel sábado, porque dos de las parejas quedaron incompletas y las otras dos que podían haberse completado, acordaron no hacerlo, para que nadie perdiera puntos en el campeonato en que los sábados, estaban empeñados en la taberna. Cambiaron pues, el mus por el dominó.
Mientras removían las punteadas fichas con las palmas de las manos, dijo uno: -Están acatarrados.
-¿Los tres?, inquirió mi abuelo.
-Si, los tres. Confirmó el primero.
-¡Pues han tenido que cogerlo fuerte, para no acudir a la partida, estando, como estamos finalizando el campeonato!.
-Según la mujer de Pascual, que se ha encontrado con la mía en la botica, lo tiene bien agarrao al pecho, está en la cama tiritando de frío. Afirmó el informante.
Efectivamente, Pascual y el tuerto avisaron al médico, pero no así el Cuatro Deos que, ni tenía dinero para la visita de ningún médico, ni tampoco ninguna clase de seguro galeno. Él no necesitaba médicos, ni boticas. Él siempre conocía algún remedio casero y, si no lo conocía, lo inventaba. Lo que no hacía, si el invento resultaba, era patentarlo. Lo compartía con sus amigos y conocidos.
Como la vez que, segando, le picó un alacrán. Nada mas entrar el veneno en su cuerpo, comenzó a dar botes y, cuánto mas le quemaba, mas saltos daba el pobre. Pidió a Curro, un cuadrillero que con él estaba, que hiciera de guitarrero, rascando las seis cuerdas a un buen ritmo. Hay quien dice, que allá lejos, donde recibió la picadura, no había posibilidad de médico ni de suero alguno que anulase los efectos de la picazón, por lo que no le quedaba otra, que saltar y saltar y eso fue lo que hizo. Tal vez el bicho no fuera tan venenoso como otros escorpiones, de otra especies lo son; tal vez porque su continuado baile , que le hacía sudar y sudar, tuviera éxito; tal vez porque el bicho hubiese picado recientemente a alguien y no le hubiera dado tiempo a su organismo de reponer el veneno inyectado, fuere por lo que fuere, el Cuatro Deos salió de aquella, como salió de tantas, aun peores, a lo largo de su vida. Él, salió bailando. Literalmente, bailando al son de –mas que un tocaor- un guitarrero.
Y ahora, con aquella gripe que, cada invierno, solía llevarse a mas de un viejo al cementerio, el Cuatro Deos se había inventado un remedio para los pobres como él, que no podían ir al médico.
Consistía, según dijo el inventor, en calentar en una olla dos o tres litros de vino tinto, endulzado con sacarina, el azúcar de los pobres, y una boina. Meterse en la cama, el vino caliente en la mesilla o cabecera, y la boina colgada a los pies de la cama. Vamos, todo cerca, al alcance de la mano, bien abrigado, y despacio, sin atragantarse, sorbo a sorbo, si fuera necesario acabar con el vino.

-Vale –dijo uno- el vino para beberlo pero, ¿la boina, para qué?. Su interlocutor dictaminó:
-Según su inventor actúa de avisador. Mientras no observes nada raro, todo continua: trago, vistazo a la boina; nuevo trago, vistazo a la boina. Pero ¡cuidado!: cuando veas dos boinas, entonces ya no mas tragos. Entonces, te dedicas a sudar y sudar.
Lo cierto es que ni el Cuatro Seos, ni ninguno de los que pusieron en práctica esta invento, emplearon mas de un par de días de cama, para vencer a estos catarros griposos que solían visitar el pueblo cada invierno.
Otros, siguieron aferrados al medio vaso de limón exprimido, endulzado con miel de abeja, dos o tres veces al día. Remedio mas popular que el del Cuatro Deos, heredado de las abuelas.